UN NIÑO DEL SEÑOR
Los papeles dicen que
llevamos juntos 50 años, pero eso no es del todo cierto. Tú ya estabas en casa
esperándome, compartiendo espacio con Nuestra Señora de las Angustias Coronada,
incluso antes de que yo naciera. Ya intuías que sería uno de los tuyos y, desde
entonces, comenzaste a marcar mi camino.
Contaba mamá —que ya está
contigo— que tenía tres años de edad cuando, por primera vez, un Jueves Santo,
salimos juntos. Aquello ocurrió hace 54 años yo, por supuesto, no lo recuerdo,
pero sí se me despierta una imagen difuminada de un nazareno muy grande,
vestido de negro, del cual me agarraba de la mano; según ella, era el abuelo.
Antes, las cosas no eran
tan estrictas como hoy las planteamos. En aquel entonces, esa falta de
rigurosidad hacía que, en algunas circunstancias, no se prohibiera que una
criatura de esa edad, aunque no figurara en un listado de hermanos, pudiera
acompañar a su abuelo. Así empezamos más de uno y es verdad que, aunque somos
pocos los que seguimos vistiendo nuestra túnica en una edad madura, podemos
contar historias como esta.
Sin ser siempre
consciente, hoy puedo asegurar que siempre has estado a mi lado y afirmo que
siempre lo estarás. En los momentos realmente malos, en esos en los que incluso
he llegado a enfrentarme a ti, tú me has consolado. La pérdida de mis seres
queridos fue una dura prueba y ahí flaqueé durante un tiempo, es verdad; pero
al final hiciste que resurgiera renovado, como el ave Fénix que renace de sus
cenizas tras haberme consumido en el fuego.
Mañana es Jueves Santo,
¡un año más! Ni a ti ni a mí nos hace falta la llegada de este día tan señalado
para que caminemos juntos, pero sí para hacerlo de una forma pública: tú, “a
cara descubierta”, y yo en el anonimato personal que mi túnica y cubrerrostro
me proporcionan. Este año vuelvo a estar contigo, vuelvo a ocupar un sitio que
me permite dedicar todo el tiempo a la oración y al discernimiento. Los años en
los que he tenido responsabilidad en el cortejo también los he disfrutado; de
otra manera, pero también los he disfrutado. Acompañar a nuestra Señora ha sido
un honor que pocas situaciones pueden igualar, pero ya sabes, siempre he sido
un “niño del Señor”.
José Rafael López Blancas.-


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